Hay algunos pasajes del evangelio que nos muestra a Jesús rezando, amando y también compartiendo la comida con sus discípulos, discípulas y con las personas que lo seguían. En diferentes contextos, personas o situaciones, los ágapes de Jesús nunca eran monótonos, ninguna comida era igual.
Desde la primera semana de agosto del 2021 estoy asistiendo a un comedor popular en la zona de San Juan de Lurigancho, al este de Lima, en Perú. Mi trabajo consiste en ayudar en la cocina a preparar los alimentos para un grupo de migrantes venezolanos instalados en Perú. Preparar el almuerzo, entregar la ración a cada persona o familia, lavar las ollas, trapear el piso… son actos que se repiten de lunes a viernes y que sería monótono si no tocara mi corazón, si no fuera llevado a mi oración.
Lo que empezó como un aporte voluntario de mi parte, como una ayuda en los ajetreos de la cocina, terminó siendo una experiencia de servicio que me ha enseñado a ver con otros ojos a las personas, a quienes sufren carencias y son ( y se sienten) discriminados por las circunstancias que les ha tocado vivir. Y pienso que Dios contempla a esas personas de un modo especial. Como solo Él sabe ver a los más pequeños: una mirada con misericordia.
Cuando dejo el comedor y regreso a mi comunidad me sorprendo a mí mismo pensando en esas personas a quienes sirvo. Y veo que mañana volveré a hacer el mismo recorrido, haré lo mismo en la cocina, con las mismas personas. Pero no, nada va a ser igual…
Porque si lo viviera así mi ministerio no tendría sentido, no tendría alma. Este ministerio de dar de comer se debe hacer con amor, para que así, en tus momentos de soledad frente al Señor, se convierta en oración.
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