Veo tanto en las librerías católicas de Roma, como en Internet, que ya existe una sección de Sinodalidad, en especial en las zonas de acceso donde se exponen las novedades. Me da la impresión de que los apresurados autores, en especial los teólogos de seminario se han lanzado a definir el camino sinodal en un proceso de “copia y pega” de sus antiguas anotaciones de cursos y conferencias y producen páginas y páginas que parecen más de lo mismo. Siguiendo el procedimiento de producción teológica acelerada, los autores abarrotan sus textos de documentos eclesiales pasados condimentados con citas bíblicas para arribar apuradamente a conclusiones instantáneas sobre algo nuevo, u olvidado, es decir sin reconocer que la sinodalidad es un camino todavía no hollado (al menos en los últimos quince siglos). Más que redescubrir con los mapas y brújulas del pasado, de lo que se trata es de preguntar hacia dónde vamos en un proceso lento, todavía oscuro y descubrir lenta y pacientemente lo que le Espíritu va susurrando a la Iglesia. Seguir la ruta de la producción impresa y virtual del último año, significaría que estamos echando por la borda la invitación de Francisco de ensayar un modelo nuevo de ser iglesia, es decir de embarcarnos en un proceso cuyos resultados y conclusiones todavía no los conocemos. Más bien, parece que sinodalidad, en la mente de los profesionales eclesiásticos, es deglutir los ingredientes tradicionales y por medio de una digestión veloz concluir en 2023 con un documento más que adornará las bibliotecas especializadas.
Nada más contrario a la invitación de Francisco es que un grupo de especialistas se apodere del camino sinodal y esté anunciando desde sus tribunas tradicionales adónde nos lleva esta nueva aventura. Con las modestas afirmaciones siguientes solo quiero mencionar algunas pistas que debemos evitar, porque solo nos mantendrían en el modo tradicional de ser iglesia, es decir que consumiríamos velozmente la actual poca energía de renovación, la dañada credibilidad y la limitada capacidad de convocatoria de la Iglesia en fuegos de artificio. ¿Cómo podemos llegar a vivir otro modelo eclesial si estamos repitiendo los mismos patrones de conducta? Sencillamente creo que sinodalidad no es:
Hablar más que escuchar. Sin un entrenamiento especial para escuchar, es decir la habilidad de detener las palabras para abrir la mente y el corazón a otros, en especial a voces que nos cuesta entender, que nos confunden y alteran, para dar paso a una actitud no-crítica, más bien frenando el juicio y los prejuicios, dudo que se establezca el clima sinodal.
Excluir a algunos grupos perturbadores. Nada más contrario a la sinodalidad es invitar solo a las voces que ya están de acuerdo con las instancias de control doctrinal o pastoral. Cerrar la puerta a grupos de católicos divorciados, sacerdotes casados, mujeres a favor de la ordenación, colectivos LGTBQ y +, teólogos disidentes significaría solo cerrazón en el asfixiante clima clerical sin ninguna posibilidad de transformación pastoral.
Anticiparse a las conclusiones. La sinodalidad no ocurre para volver a tener todo ordenado en el mismo lugar, más bien es crear un cierto desorden o polifonía donde viviremos por algunas décadas hasta que todo se asiente en un orden nuevo. Ya tener listas las conclusiones para sacarlas debajo de la manga, sometiendo los puntos “aprobados” a clérigos profesionales es totalmente contraria a la actuación del Espíritu. Apresurar el proceso para llegar a un documento que sea publicado para admiración del orbe a fines de octubre del 2023, o saltar sobre el caos de la conversación sinodal significará la muerte prematura del proceso.
Abuso de un lenguaje y conceptos especializados que solo son accesibles a una minoría. El dialecto eclesial o la jerga de sacristía deben de dar paso a un lenguaje que acoja la diversidad de discursos contemporáneos; la gente común y corriente se expresa con el lenguaje proveniente de las ciencias sociales y políticas que no teme hablar de mayorías/minorías; inclusión/exclusión; clases dominantes/clases oprimidas; género, patriarcado, juegos de poder, derechos, experiencias grupales. Repetir frases latinas como sensus fidei es practicar exactamente lo contrario a “lo que creen los creyentes”.
Dar validez solo al proceso racional (análisis y conclusiones). El proceso sinodal no va a marchar en línea recta, ni empleará solo el razonamiento de chequeo: ¿Está de acuerdo con la Escritura y la Tradición? ¿Agustín o Cipriano ya lo explicaron? ¿Tiene antecedentes o está en continuidad con el magisterio? Por otro lado, excluir el lenguaje de la narrativa (“Dos discípulos caminaban de Jerusalén a una aldea llamada Emaús…”) y la poesía (“El espíritu sopla donde quiere”) significará ahogar el sínodo. La expresión artística ya debió ser invitada desde que empezamos a soñar con una iglesia diversa; artistas plásticos y músicos debieron ser incluidos para adelantarse con sus lenguajes alternativos y encender los corazones sin embotar el cerebro.
Encasillar las invitaciones del Espíritu en compartimentos tradicionales (lo trinitario, lo sacramental, lo eclesial, lo mariano…). ¿Qué tal si el proceso sinodal no tiene nada que ver con las etiquetas de librero de seminario: Trinidad, Magisterio, Mariología, Sacramentos, etc.? Creo que es momento de descartar el ordenamiento tradicional y empezar a hablar en categorías de ecología integral, experiencias eclesiales emergentes, pastorales marginales, interdisciplinaridad, naturaleza de los procesos de transformación, lenguajes sacramentales contemporáneos, obstáculos potenciales y otros temas de los que somos incapaces de abordar hoy.
Permitir que un grupo se apodere del proceso. Significaría que en los próximos meses que nos separan de octubre de 2023 en realidad ya se está luchando por la autoridad de los que tendrán la última palabra, es decir el temor a perder está entorpeciendo la escucha, el horror a la novedad está excluyendo a lo incómodo, el pánico a la pérdida está agudizando la formación de camarillas y partidismos.
Adelantarse a setiembre 2023 y afirmar que el sínodo ya es una kairós o un “nuevo pentecostés”. Esas caracterizaciones se revelarán solo varias décadas después, no durante el proceso sinodal, que con etiquetas anticipadas y clichés, lo único que logran es ahuyentar al Espíritu. Si no actuamos diferente, no llegaremos más que al mismo lugar. En lenguaje de los místicos, la oscuridad y el silencio son el lenguaje más frecuente de Dios, por lo tanto acojamos al Pueblo de Dios sin formularios e interroguémonos unos a otros qué preguntas nos guiarán a la iglesia del siglo XXI.
En medio de las adversidades que atrajeron los sínodos de Constantinopla y Nicea, san Gregorio Nacianceno afirmó: “En cuanto a mí, si debo escribir la verdad, huyo de todas las reuniones de los obispos, porque nunca he visto un sínodo terminar bien, ni culminar con los males, más bien los aumenta…”[i]. Ojalá que después de octubre del próximo año no experimentemos la misma desilución del gran teólogo de la iglesia oriental en un sínodo que pretende ser inclusivo, con amplia participación laical y donde los clérigos y su séquito de acólitos no oculten debajo de la alfombra los clamores menos escuchados. Oremus.
Carta 130.1. Citada por Sara Parvis en “A long and winding road”, The Tablet, 11 de junio, 2022.
Hugo Cáceres, CFC.
Hermanos Cristianos
Área Misional de Latinoamérica
Jr. Las Oxálidas 273, Las Flores de Lima. SJL. comunicaciones@edmundorice.org
Hermanos Cristianos
Jr. Las Oxálidas 255 – 259, Las Flores de Lima, SJL.
ehurtado@edmundorice.org
Área Misional de Latinoamérica.
© 2026 Congregación de Hermanos Cristianos | Designed by BSD System